Thursday, February 7, 2008

El publicano...


 “… salió, y vio a un publicano llamado Leví… y le dijo: sígueme.” (Lucas 5:27)

 

Cristo también usa a los pecadores.  También tiene un llamado de vida para los pecadores; un llamado a discipulado; un propósito de Reino. 

 

No se trata del pasado, no se trata de lo que hicimos antes, no se trata de un perfecto registro de vida… se trata de que Jesús nos vea; y nos llame.  Jesús nos ve como somos realmente… él nos ha visto sentados en la mesa del pecado, él sabe que somos publicanos, conoce todo de nosotros… aun así nos llama.  El sonido de su voz es irresistible, como llama en el corazón.  Nos llama como somos, no nos envía a cambiar primero, a ganar méritos; solo nos llama a seguirlo.  El nos cambiará en el camino… solo si decidimos seguirlo.

 

Es el momento de la verdad, es el momento de escoger.  Hay que hacer una decisión aquí y ahora. ¿Cómo responderemos a la sola y simple palabra de Jesús?  Sígueme.  Camina.  Deja lo que estas haciendo.  Ponte en movimiento, mírame y sigue caminando en mi dirección.  Es un llamado profundo a escoger; a dejar; a levantarnos; y a caminar en pos de Jesús… no es un llamado pasivo sino un llamado activo.  De movimiento…

 

“…y dejándolo todo, se levantó, y le siguió”

 

La decisión estaba hecha.  Nada había que decir, no había vuelta atrás.  El pecador que nunca fue digno de nada honroso ante los ojos religiosos recibe el llamado de mas honra de la historia de la creación… seguir al Creador.  Lo vergonzoso se vuelve honroso; lo impuro puro; lo inútil útil; lo de destrucción de edificación.  ¿No es esto transformación?

 

Una palabra, un llamado, un momento de decisión… una respuesta… una nueva criatura que los ángeles miran con admiración por ser transformado en el recipiente, el instrumento del mas noble propósito de la creación.  Dios es fiel.

 

Cristo ha venido por los enfermos… por los que saben que están enfermos y buscan ayuda desesperadamente.  Cristo vino a llamar a los pecadores al arrepentimiento.  Los justos no necesitan un Salvador en su propia inteligencia.  Los pecadores le buscan desesperadamente.  Es la diferencia que produce esperanza en El, en su obra, en su perdón.

 

La religiosidad ciega y entorpece la mente volviéndola un obstáculo en lugar de un instrumento para obedecer, para reconocer las promesas de Dios que están siendo cumplidas, para recibir el gozo de ver a Dios obrar, a Cristo conquistar… de ver a Dios transformar para su gloria.  La religiosidad crea una subcultura llena de juicios, aislada, resentida y ansiosa, sin capacidad de ver la verdad.

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