Wednesday, January 9, 2008

India - La esperanza


INDIA 2006 – LA ESPERANZA

 

Un viaje sin una historia es como un río seco; aún peor; como miel que no endulza; como una flor de plástico... como la sonrisa de un maniquí. 

 

Una vida sin viajes es una vida incompleta; limitada. 

 

Fuimos llamados a ir; a recorrer un camino y a cumplir un propósito.  Hay viajes en los que se recorren distancias físicas; hay otros en los que las distancias que se acortan son espirituales; o mentales; en los viajes se destruyen prejuicios y se derriban barreras; se combate el temor y los corazones de las personas se acercan tanto que se reconocen mutuamente; se dan cuenta de que al final no son tan diferentes.  Creados en la misma imgen... a semejanza del mismo Dios.

 

Esta es una de las historias de un viaje; es el testimonio del poder de Dios y su Palabra; de su esperanza y su propósito.  Es el testimonio de Dios tomando en su mano dos corazones para juntarlos en un punto de su historia y engrandecerse a si mismo.  Uno de esos corazones fue el mío.

 

Pasé más de dos semanas en un pueblo costero al sur de la India donde decenas de miles de personas perdieron la vida años atrás durante el tristemente famoso Tsunami.  Estuve en companía de más de 30 médicos de diferentes partes de los Estados Unidos quienes con amor y en el nombre de Jesucristo ofrecían cuidados médicos a aquellos que posiblemente se cuentan entre los más pobres y olvidados de la tierra; los bienaventurados del sermón del Monte de los Olivos.  Yo no soy médico así que mi tarea fue la de hablar con los pacientes al final de sus varios diagnósticos con la ayuda de un intérprete; yo trataría de escuchar las historias de sus vidas, darles palabras de aliento y orar con ellos teniendo cuidado de respetar sus creencias y de no ofender su identidad.  Algunas veces me fué abierta la posibilidad de compartir con ellos el mensaje del Evangelio; otras veces solo fué aceptada mi oración suplicándole a Dios que obrase milagros que posteriormente abriesen esa puerta de salvación y paz para sus almas.

 

Una tarde se acercó a mi una mujer hindú en companía de su hija.  Tenía un porte elegante; alta y esbelta; era una mujer hermosa.  En otra vida podría haber sido la reina de una nación exótica y lejana; podía haber estado vestida de finas prendas y no de los humildes vestidos que ahora traía.  Su mirada profundamente triste reflejaba desconfianza y temor.  Se sentó frente a mí con timidez y aunque parecía saludable mis ojos inmediatamente captaron tremendas llagas que cubrían todo su cuello y se perdían entre sus ropas para volver a aparecer en sus brazos cuya piel parecía haber sido reinjertada en un proceso realizado sin mayor interés en la apariencia final de sus antebrazos.  “¿Qué pasó aquí?” preguntaba mi corazón aunque mi boca no se atrevía aún a hablar... la prudencia me invitaba a escuchar.

 

María (nombre con el cual me referiré a ella) se quejaba de dolores diversos en el cuerpo como la mayoría de mis “enfermos”.  La escuché pacientemente; le aseguré que en pocos momentos oraríamos por esos dolores... aunque mi espíritu seguía señalándome las llagas de su cuerpo decidí empezar por su corazón:

 

-        “¿Cómo esta tu corazón?, ¿tienes paz en tu vida?” le pregunté.

 

Para mi sorpresa después de la traducción de la pregunta por parte del intérprete María se derrumbó y empezó a llorar.  Digo para mi sopresa pues no fue común para mi ver lágrimas entre los que se acercaban por oración y consejo; y no se trataba de falta de sufrimiento; supongo que de tanto sufrir las lágrimas de muchos se secaron.  No las de María.

 

Con delicadeza y respeto tomé su mano mientras escuchaba la dolorosa historia de un marido sumido en el alcohol que obligaba a su familia a vivir en la miseria; situación que había sido agravada por la pérdida de todos sus bienes a causa del Tsunami; la preocupación del  futuro de su hija; la pobreza; la desesperanza... no tenía paz.  Escuchaba y miraba las llagas de sus brazos...  no pude contenerme más y pregunté a quemarropa:

 

-        “¿Qué pasó ahí?” mientras señalaba sus brazos.

 

El silencio me confirmó que había tocado una tecla muy profunda.  Mientras María hablaba yo veía transformarse el rostro de mi intérprete, estaba turbado, titubeó por un momento como buscando las palabras y empezó a hablar:

 

-        “Tiempo atrás María no pudo más con su sufrimiento así que tomó un recipiente con kerosen y lo derramó sobre si misma.  Ella misma se prendió fuego trantando de quitarse la vida.  No lo consiguió pues lograron salvar su vida.  Las llagas provienen de las graves quemaduras que sufrió”.

 

Mi corazón e congeló por un momento; esta vez ella me miraba a mi como pidiendo aliento... “Qué tienes tú que decir ahora” reclamaban sus ojos.  Pasaron 3 o 4 segundos que parecieron interminables.

 

-        “¿Has escuchado de Jesucristo?” Pregunté con sorpresiva calma; calma que no provenía de mí pero que me controlaba.

-        “No”, me respondió.

 

Mis palabras empezaron a fluir con la misma delicadeza que mis lágrimas; era como si una pequeña corriente de agua brotase cada vez más intensa y segura de las profundidades de mi alma.  Lloraba, acariciaba su mano y le compartía como años atrás yo mismo fuí preso del alcohol y como Cristo me liberó pues tenía poder para dar libertad a los hombres... le hablaba de como una noche cuando fuí conciente del vacío de mi vida le pedí a Cristo que terminara con ella pues se me habían agotado las ganas de seguir viviendo; le decía como Cristo tenía poder para devolvernos las ganas de vivir; la esperanza, un propósito... le hablaba mientras miraba en mi mente su vida y la mía en un extraño paralelo... veía en ella el sufrimiento de mi ex-esposa, veía en su hija la promesa de un futuro para la mía... en la cruz María y yo nos comprendíamos; éramos los mismos.

 

Le pregunté si quería saber más de Jesucristo.  Me escuchaba y asintió.  En debilidad y quebranto le decía que Dios era un Dios de amor y nos había creado a su imagen y semejanza con un buen propósito; le contaba como el ser humano había rechazado a Dios creando y adorando ídolos, pecando y trayendo para sí mismo y para este mundo dolor, sufrimiento, enfermedad y muerte... cuando le hablaba de Cristo muriendo en la cruz me interrumpió y me preguntó entre sollozos:

 

-        “Si lo sabes, dime quién es el Dios verdadero que quiero entregarle mi vida a El”

 

Me regocijé; le hablé de la resurección; de la necesidad del arrepentimiento y de la fe; María creyó, se arrepintió y rechazo los ídolos en su vida.  Juntos oramos mientras ella y su hija le abrían el corazón al Salvador del mundo. Llorabamos pero había gozo en nuestros corazones; nos abrazamos.  Ella sonreía; esta vez sus ojos tenían paz y esperanza; no podía ser de otra manera; son las promesas de nuestro Señor.

 

Serás en la mano del Señor

como una corona esplendorosa,

¡como una diadema real en la palma de tu Dios!

Ya no te llamarán «Abandonada»,

ni a tu tierra la llamarán «Desolada»,

sino que serás llamada «Mi deleite»;

tu tierra se llamará «Mi esposa»;

porque el Señor se deleitará en ti,

y tu tierra tendrá esposo.

(Isa 62:3-4)

 

Lo mejor de esta historia es que aún no ha terminado.  Así son las buenas historias.  María y yo tenemos aún una vida por delante para la gloria de Dios; una vida para declarar sus obras, sus testimonios y su esperanza.  Y un día estaremos juntos una vez más; nos reconoceremos y juntos alabaremos a Dios en el cielo... esta vez no habrán llagas ni sufrimientos; esta vez habrán gozo y cuerpos nuevos; María estará hermosa y resplandeciente... esta vez nos acompañarán las generaciones que de María y de mí Dios habrá conquistado para su gloria.


No comments: